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Archivo para 28 julio 2010

Desarrollo en la cancha (I)

Este post es la primera parte de un caso basado en hechos reales que, a través de las experiencias de sus protagonistas, nos invita a reflexionar sobre los constantes cambios que debemos asumir durante nuestra trayectoria profesional; cambios que incluso nos pueden llevar a cruzar las fronteras de otro país para iniciar una nueva etapa laboral.


Jacinto jugaba al fútbol en el equipo de la empresa. Lo hacía de centrocampista de enganche y sus características eran diferenciadoras: además de tener un excelente toque de balón, se desgastaba en tareas de presión y defensa en un alarde de condiciones físicas que cuidaba con entrenamientos específicos. Además, mostraba madera de líder, aglutinando a sus compañeros en torno a la combatividad, la disciplina y la ambición. Sin duda, un carácter ganador.

Había ingresado en la empresa tres años antes de que el equipo se formara para jugar en un campeonato interempresas. Cuando fue seleccionado desempeñaba funciones de responsable de tienda. Allí había adquirido una buena experiencia en resolver problemas operativos, unas situaciones muy alejadas de las que le plantearon en los casos del MBA que cursó en el Instituto de Empresa (ahora Jacinto se cuestiona si fue bueno matricularse allí nada más recibir su licenciatura en Económicas, con apenas unos meses de experiencia laboral como camarero; cree que esos estudios se habrían aprovechado más con algunos años de desempeño profesional).

Le gustaba la gestión de personas y le ofrecieron entrar a formar parte del equipo encargado de diseñar el sistema retributivo. Aceptó porque a su preferencia en la función unía su capacidad para los números. Siempre había sacado la máxima calificación en las asignaturas que contenían aplicaciones matemáticas.

A pesar de la pompa con que el área de Recursos Humanos procedió a su contratación, lo colocaron en una esquinita, delante de un ordenador, para que fuera alimentando unas cuantas hojas de cálculo y un par de bases de datos que, meses más tarde, servirían para efectuar cálculos complejos. Es lo que tenía entrar a formar parte de una empresa grande, muy grande, en la que cobraba mucho más que antes, pero con mucha menos responsabilidad. Pasó de la cabeza del ratón a la cola del león.

Le comentaba tímidamente estas impresiones a su novia, con la cual pensaba casarse pronto después de tantos años de relación (unos diez, más o menos). Ella, mujer práctica, le recomendaba paciencia, que lo mejor es aguantar, que la empresa es de mucha solvencia y un puesto de trabajo asegurado es importantísimo hoy en día. Jacinto no lo veía así, necesitaba más cancha, pero siempre tomó ella las decisiones y les había ido bien. No tenía por qué desairarla.

De todas formas, hubo movimientos en el área, sufrió más decepciones con su jefe, muy dado a su propio lucimiento aprovechándose del trabajo de los miembros de su equipo, y pudo cambiarse de área, a Desarrollo de Personas, donde le encargaron diseños para el modelo de liderazgo y para la gestión de competencias. Durante un tiempo se sintió cómodo.

Pero unos dos años después, ya cerca de cumplir los treinta, justo cuando se había comprado un piso para irse a vivir con su novia, surgió una buena posibilidad: integrarse en un plan de desarrollo internacional, en la que había una vacante para implantar el sistema de gestión por competencias en las empresas de Sudamérica. Lo solicitó con poca fe, a modo de prueba, a ver qué pasaba.

Cuando lo eligieron, saltó de alegría lanzando al aire toda la tensión acumulada por los años escondido detrás de pantallas de ordenadores, de los power point y de los honores para otros. Se lo dijo a ella con prudencia, le notó sorpresa a la baja, pero le informó que en ese período (un año) la empresa costeaba estudios a los cónyuges de los expatriados como apoyo a la situación, así que ella podría cursar el master que había pensado. La mejora salarial les cubría el sueldo dejado de percibir.

Se marcharon a Santiago de Chile con la ilusión de consolidar sus proyectos personales y profesionales.

Categorías:Liderazgo, movilidad, RRHH

Las haches del Bosque, don Vicente

Escribo desde la sensación del triunfo colectivo, emocionado por los mensajes emocionantes que se crean alrededor de la selección española como campeona del mundo. Gol de Iniesta.

No tenía previsto escribir sobre el asunto, pero me he sentido movilizado por Álvaro, el hijo de Vicente del Bosque. Dijo sobre él el seleccionador: “es un regalo del cielo”. Álvaro tiene síndrome de Down.

Después he comenzado a leer sobre características, currícula, aspectos particulares de la figura de este hombre que ha llegado al mayor éxito posible de su especialidad profesional. Y como hace poco hablábamos usted y yo de Marcelo Bielsa como líder y maestro, y hace dos años lo hicimos sobre la carismática selección que ganó la Eurocopa, hoy me dispongo a reflexionar sobre don Vicente.

Lo recuerdo por primera vez con un mostacho pleno, con unos mechones rizados por la nuca, espigado, junto a Planelles, como jugadores cedidos por el Real Madrid a un Castellón novato en la Primera División española. Volvió después para ser titular en su equipo y en la selección española de entonces, imprimiendo un sello de orquesta bien afinada en ambos equipos. Fue la elegancia en el juego.

Después, como técnico, se incluyó en las categorías inferiores de donde surgió hasta llegar al banquillo como máximo responsable del primer equipo del Real Madrid. Tras Miguel Muñoz, es el entrenador que más títulos ha conseguido en menos tiempo. Paradójicamente, un hombre que ha investigado en los secretos del liderazgo, Jorge Valdano, decidió prescindir de sus servicios porque lo veía con “perfil bajo”, es decir, no daba imagen de modernidad ni hablaba inglés.

Antes de esta decisión, lo conocí en el hotel Monte Real de la capital de España, vestido con su clásico chándal azul marino de tres rayitas, escribiendo con lápiz en una libreta, solo en un salón de cien metros sobre una mesa inmensa de estilo isabelino. Llevaba calcetines blancos. Y luego, cuando lo veía en pantalla, bromeaba con mi hijo: “Eduardo, mira, que sale don Pantuflo (el padre de Zipi y Zape)”. ¿Y qué? Hoy es el mejor entrenador del mundo. Parece ser que tener imagen guapa y hablar idiomas no es precisamente una competencia necesaria para ganar el campeonato del mundo.

“Es capaz de darle a sus decisiones un sentido natural. Todo el trabajo de Del Bosque inspira una sensación de inevitable normalidad”, (Alfonso del Corral, que fue jugador de baloncesto y médico del Real Madrid).

Don Vicente es el hombre hache, la letra muda, la letra del silencio, la letra introvertida que mira para dentro y da personalidad a la palabra que la contiene. Es humano. Es honesto. Es humilde. Y Alfonso del Corral dice que es homogéneo, que no cambia, que sabe comportarse con grandeza incluso en los momentos más oscuros, que nunca se transforma ni en la dulzura ni en la amargura.

Don Vicente se marchó con dolor del Real Madrid. Y fracasó: una temporada truncada en Turquía y un puesto fallido en Cádiz. Pero regresó con el reto de sustituir a una persona carismática que había conseguido un reto inalcanzado en más de cuarenta años (Luis Aragonés, entrenador campeón de la Eurocopa 2008). Don Vicente lo ha superado. Y ha superado otros duros escollos, críticas, acusaciones, manipulaciones… con su rostro inmutable y su mirada bonachona, mientras transmitía a sus pupilos la visión: “No es momento de hacer balance y sí para soñar”. No irrumpe como elefante en cacharrería, ni hace ostentaciones, tampoco verborrea, ni siquiera plantea análisis sesudos, pero aplica dosis de sentido común, además de trascendencia a su misión: “Este grupo no solo ha pensado en ganar, sino también en otros valores”. Sabe igualmente cuál es su rol de representatividad y cumple con él “La imagen de un seleccionador es la imagen del país que representa”. Apela al sentido de equipo: “La unión de los jugadores es nuestra fuerza. Si perseguimos un éxito será el de los 23 [jugadores], no de uno solo”. Y además es caballeroso y honorable: “Estoy obligado a felicitar al rival [ ]. Si no jugamos bien nosotros fue por méritos del adversario”.

Don Vicente es un hombre líder, hoy líder mundial, que transmite grandeza desde la sencillez, que valora el éxito en su justa medida, que sabe calibrarlo incluso en su faceta más expuesta, la económica: “No sé lo que cobro. Las cuentas las lleva mi mujer”, y que celebrará el mayor triunfo de su vida en su entorno cercano, sin aduladores, con el mismo cariño y ternura de quienes le arroparon en los fracasos.

Es don Vicente un modelo de hombre sabio. Qué bien sabe su triunfo en el ámbito mundial.

Aprender a pensar

Le voy a contar una anécdota que se atribuye a dos premios Nobel por sus hallazgos sobre la estructura del átomo. Es una leyenda urbana y quizá no sea cierta, pero encierra una interesante moraleja, por lo que al menos sirve a modo de parábola.


Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado a un problema de física, pese a que el muchacho afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.
Profesores y estudiantes acordaron pedir el arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: “¿Cómo mediría usted la altura de un edificio con un barómetro?”.

El estudiante había respondido:
– Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la altura del edificio.

La respuesta era correcta, pero en la resolución no aplicaba las características propias del barómetro, si no las de cualquier objeto que hiciera de plomada.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera a la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba, escribió la siguiente respuesta:
“Tomo el barómetro y lo dejo caer a la calle desde la azotea del edificio. Mido el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplico la formula de la caída libre y así obtengo la altura del edificio”.

En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar.

Le dio la nota más alta y lo despidió.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.

– Bueno – respondió – hay muchas respuestas. Por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides su altura y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos fácilmente la altura del edificio.

–Perfecto –le dije– ¿y hay otra solución?

–Si –contestó– éste es un procedimiento muy elemental para medir un edificio, pero también sirve. Tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro en la pared y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura.

–Es un método muy directo, por supuesto.

–Y si lo que se quiere es un procedimiento más sofisticado, puedes atar el barómetro a una cuerda, lo descuelgas desde la azotea hasta la calle y lo mueves como si fuera un péndulo. Así puedes calcular la altura midiendo su período de oscilación.

– En fin, –concluyó– existen otras muchas maneras, pero, probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa de la portera. Cuando abra, decirle: “Señora portera, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo”.

En ese momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema: la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos.
– Ciertamente la conozco, pero durante mis estudios, los profesores han intentado enseñarme a pensar.

El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922.

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